Diez años después de su traslado a Cruz del Norte, Zulema finalmente recuperó su libertad. Había colaborado con la policía en dos importantes casos, logrando así una significativa reducción de su condena. Al salir, esperó el autobús, el mismo que la había llevado a ese lugar tan infame. Pero no fue solo una, sino dos veces las que Wonder Woman la había encerrado tras las rejas.
No había alma en el universo que odiara más a la Diosa que Zulema. Cada vez que veía las noticias, rogaba con fervor para que algún día, alguien, le diera su merecido. Pero Wonder Woman, implacable, siempre salía victoriosa, intocable. Sin embargo, la fortuna había sonreído a Zulema: dentro de su nueva y peculiar red de contactos, lograron desenterrar un grave error cometido por la mismísima Mujer Maravilla.
Tras el rescate de rehenes en el banco, donde se enfrentó a los terroristas, Wonder Woman había usado una fuerza desmedida. Las consecuencias fueron catastróficas: fue acusada de daños masivos a la propiedad del banco e incluso de causar lesiones a varios policías por los escombros de la devastación.
La situación era crítica. Batman, con la seriedad que lo caracterizaba, conversaba con Wonder Woman. Como líder de la Liga de la Justicia, su deber era claro: debía entregarla a la justicia. No había otra opción.
La tensión en la sala era palpable. Accidentalmente, Batman se hizo con el Lazo de la Verdad. Sus ojos se abrieron desmesuradamente cuando, para sorpresa y horror de todos, soltó un comentario impropio: "La sacaría esa falda y la pondría a gritar en su Batimóvil". El silencio se cortó solo cuando el lazo cayó al suelo, y un avergonzado Batman se disculpó de inmediato, el rostro cubierto de bochorno.
Wonder Woman, con una estoica dignidad, asumió su culpa. Si ese era el precio que debía pagar por la justicia, lo aceptaba. Pero las sombras de Zulema ya se cernían sobre ella. Sus contactos, eficientes y discretos, hicieron los arreglos necesarios para que la Mujer Maravilla fuese trasladada a la misma cárcel en la que Zulema había estado recluida. Y como si eso no fuera suficiente, los abogados de la fiscalía presentaron aún más cargos, esta vez por el excesivo uso de la fuerza contra los terroristas que había "rescatado".
El tribunal estaba en silencio, pesado. La fiscalía no dio tregua, y la voz del fiscal, cortante como un látigo, resonó en la sala.
"Señorita Prince", comenzó, sin preámbulos. "Hablemos de los 'terroristas'. Esos que, convenientemente para su narrativa, dejaron salpicaduras de sangre bastante grandes en la pared. Esos que, como usted misma admitirá, definitivamente murieron."
Diana, sentada con su dignidad habitual a pesar del peso de las acusaciones, respondió: "Eran una amenaza inminente. Cientos de vidas inocentes estaban en juego."
El fiscal sonrió, una sonrisa fría. "¿Y justifica eso la masacre? ¿Justifica que un héroe, alguien que jura proteger, se convierta en juez, jurado y verdugo en un instante? Si usted, la Mujer Maravilla, la encarnación de la justicia, usa esa fuerza desmedida, ¿qué la diferencia de aquellos a quienes combate? ¿Dónde traza la línea entre la defensa y la aniquilación?"
Diana frunció el ceño. "Mi objetivo siempre fue neutralizar la amenaza con el menor daño colateral posible."
"¿Menor daño, dice?", replicó el fiscal, elevando el tono. "Tenemos informes de daños a la propiedad que ascienden a millones, y lo que es más grave, oficiales de policía heridos por los escombros de su 'neutralización'. Dígame, señorita Prince, ¿es esa la justicia que promueve? ¿Destruir tanto en su afán por 'salvar'? ¿Es el fin tan noble que justifica cualquier medio, por brutal que sea?"
La pregunta colgaba en el aire. Diana buscó las palabras, pero no las encontró. Su mirada se endureció, sus labios se apretaron. ¿Cómo podía explicar, sin sus poderes, la velocidad y la intensidad de un combate a muerte? ¿Cómo justificaba el daño colateral cuando su propia ética le dictaba proteger a todos? Por primera vez en mucho tiempo, la Mujer Maravilla no tuvo una respuesta. No una que el mundo de los mortales entendiera.
La Humillación de Diana Prince
A pesar de los denodados esfuerzos de sus abogados defensores por argumentar que los atacantes eran, en efecto, terroristas, el peso de las pruebas y la implacable retórica del fiscal pesaron más. Finalmente, la condena llegó: un mes y un día de prisión para la Mujer Maravilla, exclusivamente por las lesiones causadas a los oficiales.
Esta condena traía consigo una cláusula humillante: Wonder Woman debía renunciar a sus poderes. Se le obligó a usar unos brazaletes inhibidores que la despojarían de toda su fuerza y habilidades. Solo al salir de prisión podría recuperarlos.
La policía la escoltó de inmediato. El viaje terminó en la prisión, un lugar lúgubre donde sus icónicos brazaletes serían reemplazados, convirtiéndola en una simple mortal. El peligro era inminente y palpable: en esa cárcel, todos la odiaban, incluso los guardias. Mientras la conducían por los pasillos, los guardias no pudieron evitar observar su figura, ahora más vulnerable, enfundada en un vestido rojo muy ajustado, que despertaba la imaginación más oscura de muchos.
El Ingreso al Infierno
El aire de la prisión se volvió denso, casi eléctrico, cuando la noticia se corrió como pólvora por los pasillos: Wonder Woman estaba llegando. Varias mujeres se apiñaron, pegadas a los barrotes, para presenciar el espectáculo. Todas la miraban con una mezcla de morbo y cruda envidia. No llevaba su armadura icónica, sino una réplica barata, de un material diferente, que apenas contenía la imponente figura a la que estaban acostumbradas a ver en las noticias. La gendarme, una mujer corpulenta con una sonrisa cruel, no esperó. La empujó sin miramientos hacia una celda.
"Esta será su habitación, princesa, jajajaja", se burló la gendarme, su risa resonando con una ironía brutal que prometía un infierno personal. El clic del cerrojo selló el destino de Diana.
La Semilla de la Venganza
Nadie, absolutamente nadie en esa prisión, sabía que Wonder Woman estaba despojada de sus poderes, salvo una persona: Zulema. La reclusa, consumida por años de resentimiento, había tejido una red de contactos que le habían susurrado la verdad. Pero antes de enfrentarla directamente, necesitaba confirmarlo. La duda era un veneno que debía erradicar. Por eso, con una astucia digna de su sed de venganza, le pidió a una de sus "amigas" que, en el caótico ambiente del baño, le propinara un golpe a la Mujer Maravilla.
Una semana transcurrió, una agonía lenta para Zulema. Nadie se atrevía a desafiar físicamente a la legendaria heroína; solo se escuchaban amenazas verbales, promesas vacías de lo que harían si pudieran.
El Primer Golpe
La oportunidad llegó durante el almuerzo. Diana, ajena a la conspiración, se disponía a recoger su bandeja cuando, de repente, su comida voló por los aires, esparciéndose por el suelo. Zulema estaba allí, una sombra de malicia en sus ojos. "Hola, Mujer Maravilla. ¿Qué vas a hacer? ¿Me vas a golpear?", preguntó con una burla insolente, bloqueando el paso de Diana. La heroína se giró lentamente, y en ese preciso instante, la amiga de Zulema, que había aparecido de la nada, descargó un fuerte y certero golpe en la boca del estómago de Diana.
El aire escapó de los pulmones de la Mujer Maravilla. Sus rodillas flaquearon, llevándola al suelo con un jadeo ahogado. Zulema sonrió, una sonrisa de triunfo macabro. En ese momento, los guardias llegaron, apresurándose a poner orden. Zulema, sin desviar la mirada de Diana, hizo contacto visual. Su sonrisa se amplió, desafiante, y en sus ojos se leía una confirmación aterradora: era verdad. Wonder Woman no tenía sus poderes. Sus contactos no habían mentido; dentro de un mes, la poderosa amazona sería una simple mortal, vulnerable y a su merced.
Era la hora de su venganza.
El Combate Final: Una Apuesta por la Libertad
Zulema no perdió el tiempo. Con su influencia dentro del oscuro sistema de la prisión, arregló un combate de lucha libre sin descalificación. La apuesta era alta, la más alta que Diana había enfrentado desde que perdió sus poderes. Si Wonder Woman ganaba, saldría en libertad antes del mes. Si perdía, el castigo sería elegido por Zulema. Y su elección, susurrada con escalofriante calma, fue que la Mujer Maravilla fuera trasladada a su celda, amarrada a la pared.
La prisión era famosa por estos espectáculos clandestinos: brutales combates de reclusas con apuestas que corrían libremente entre los pasillos. Este sería el evento principal, la caída de una Diosa.

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